Héroes

El sol como equipaje: mochilas solares para África

Una joven empresaria en Sudáfrica ayuda a alumnos desfavorecidos con una buena idea. Les da lo que necesitan con más urgencia para estudiar: luz eléctrica.

Fotos
Felix Seuffert
Texto
Linda Tutmann

Thato Kgatlhanye está parada ante una montaña de basura y apenas puede contener la alegría. En un rincón de un patio sucio en una zona industrial se amontonan sacos de color rojo, verde, azul y negro. «Cuánta basura», grita y le da un puntapié a un saco. Colgadas de una cuerda tendida a través del patio, varias bolsas de plástico amarillas ondean en el viento. «Ya están limpias», dice, y para comprobarlo pasa el dedo índice por el plástico húmedo y reluciente. Pocas personas muestran tanto entusiasmo por las bolsas de plástico como Thato Kgatlhanye.

Gracias a los productos obtenidos a partir de esta materia prima, esta mujer de 24 años, hija de un taxista, que creció en la pequeña localidad de Mogwase, cerca de Rustenburg, ha tenido ocasión de darle un apretón de manos a Bill Gates y de sostener una charla TED. Como empresaria, Thato Kgatlhanye ayuda a varias mujeres a mantener a sus familias. Pero, sobre todo, ayuda a niños en edad escolar en la Sudáfrica rural para que puedan seguir haciendo sus deberes cuando cae la noche. Con las bolsas de plástico que se secan al sol y luego se ordenan por colores en el patio, fabrica mochilas escolares. Cada mochila incorpora un pequeño panel solar con una batería en un bolsillo exterior. Por el día genera electricidad, y por la noche proporciona luz a los niños que viven en chozas sin corriente eléctrica. Rethaka, como se llama la empresa, produce actualmente unas 10 000 mochilas escolares al año.

Cambiar la vida de las personas

Dos horas en coche separan la metrópoli en auge de Johannesburgo de Rustenburg. La provincia del Noroeste es famosa por su abundancia de platino, pero los lugareños apenas obtienen beneficios de la extracción de este metal noble. El 16 % de la población no tiene ningún ingreso, y la mayoría de los hogares vive con menos de 400 euros al mes. La misma situación se da en muchas regiones africanas ricas en materias primas. Kgatlhanye explica sus motivos: «No quería fundar una empresa cualquiera, quería cambiar las vidas de estas personas». Por tanto, Rustenburg era la primera opción para establecer la sede de su negocio. «Claro que todo habría sido más sencillo en Johannesburgo», comenta. El transporte, toda la logística, la búsqueda de empleados formados… En estos aspectos, Rustenburg carece de toda infraestructura. Pero Kgatlhanye decidió producir en su propio hogar. La empresa cuenta con un total de 15 empleados, la mayoría mujeres.

«Sé lo importante que es la educación. Sin ella no estaría aquí.»

Puro trabajo manual: los alumnos han de llevar sus hermosas mochilas con orgullo.

«Estoy muy contenta de tener otra vez un trabajo»

Joyce Phutiagae es una mujer imponente que esconde su pelo afro bajo una peluca. Se inclina sobre una lámina de plástico y la corta, concentrada, siguiendo una plantilla. Con esta pieza se fabricará la parte trasera de una mochila. La jefa le da un empujoncito amistoso. «Si las costureras no tienen nada que hacer es que Joyce no ha sido lo bastante rápida», explica. Joyce Phutiagae sonríe. Sabe que su joven jefa tiene un gran corazón, pero también es rigurosa. Junto a los pedazos ya recortados se halla un libro en el que apunta escrupulosamente cuántas piezas delanteras y traseras produce cada hora a partir de las láminas de plástico. Perdió su último trabajo cuando se quedó embarazada, ahora lleva dos años trabajando en Rethaka y comenta: «Estoy muy contenta de tener otra vez un trabajo». Gana 6400 rands al mes; no es mucho, pero junto con los ingresos de su marido alcanza para alimentar a la familia.

La jefa sabe cómo es la vida de sus empleadas. Ella misma creció en una township (los antiguos suburbios segregados) de Mogwase pero, afortunadamente, sus padres tenían trabajo. El padre era taxista; la madre, enfermera. «Mis padres siempre trabajaron duro», cuenta. «Querían ofrecernos una buena vida a mi hermana y a mí». La familia vivía en una casa de piedra con electricidad y agua corriente. En poblados como el suyo, eso es un gran privilegio. De niña, Kgatlhanye tuvo que luchar para salir de la abarrotada escuela local. «Quería prosperar», explica. «Sabía que tenía que salir de allí para llegar a ser algo». Entró en la escuela secundaria de Rustenburg y, más tarde, en el reputado internado St. Mary’s de Pretoria. No fue sencillo. Ni para sus padres, que debían contar cada céntimo para reunir el dinero de la matrícula, ni para ella. Cuando pasó a la escuela secundaria, durante tres meses no dijo ni una palabra en clase. Se avergonzaba de su inglés, mucho más rudimentario que el de sus compañeros.

15 empleados lavan el plástico, lo cortan a medida y cosen las mochilas. Rustenburg, en la provincia sudafricana del Noroeste, no es una ciudad en auge como Johannesburgo. Pero Thato Kgatlhanye quería establecer la producción precisamente allí.

El patio trasero de la fábrica. Aquí se almacena la valiosa materia prima con la que trabaja la empresa: bolsas de plástico viejas.

El patio trasero de la fábrica. Aquí se almacena la valiosa materia prima con la que trabaja la empresa: bolsas de plástico viejas.

Desarrollar productos sostenibles

Kgatlhanye camina con pasos decididos por su empresa. Lleva un pantalón de tela, una blusa azul oscuro y gafas de pasta. La vestimenta de la resuelta y floreciente clase media negra. Concibió la idea de las mochilas en 2011, durante un seminario en la universidad. Estudió en la conocida Vega School de marketing, diseño y branding en Johannesburgo. Los estudiantes debían desarrollar un producto sostenible como proyecto del semestre. Kgatlhanye pensó en la basura tirada al borde del camino en muchos lugares de Sudáfrica. Y pensó en sus antiguos compañeros de la escuela primaria, que no podían hacer sus deberes por la noche porque no había dinero ni siquiera para velas. «Sé lo importante que es la educación», señala. «Sin ella no estaría aquí».

En 2016 Kgatlhanye alquiló un nuevo centro de producción de 100 metros cuadrados, el anterior se había quedado pequeño. Por las ventanas polvorientas de la nave entra la blanca luz de la tarde africana. En una pizarra en la pared tiene una tabla donde apunta los pedidos. Para mantener el riesgo financiero lo más bajo posible, la producción no comienza hasta que se encargan las mochilas. «Si no, ¿de dónde iba a obtener el dinero para la producción?», apunta. BMW también ha pedido 360 mochilas para la escuela ubicada en las proximidades de su fábrica de automóviles en Pretoria. A los compradores no solo les convence el concepto, sino también la historia de la fundadora: una mujer joven de una township que lucha por su idea. Y que ojalá se convierta en un modelo de referencia para otras muchachas de Sudáfrica. «Lo primero es quitar los logos», explica Kgatlhanye y señala una tina de lavado. Dos mujeres situadas ante una larga mesa de madera frotan las bolsas de plástico hasta eliminar la suciedad y los rótulos. «Los niños deben llevar sus mochilas con gusto y con dignidad», comenta Kgatlhanye. «¿Quién quiere andar por ahí llevando siempre el logo de una droguería?». A continuación, las bolsas se calientan y se prensan en varias capas.

Sin electricidad ni agua corriente

Una de las alumnas que va al colegio cada día con su mochila solar es Nomakhewezi, una niña tímida de diez años con facciones delicadas y cabellos peinados diligentemente hacia atrás. Vive con su madre y su hermano en una chabola de chapa ondulada en Bojating, a 60 kilómetros de Rustenburg: su hogar tiene seis metros cuadrados. Una cortina separa el diminuto espacio en dos mitades. No hay electricidad ni agua corriente. Nomakhewezi camina cada mañana más de media hora hasta la escuela. Caminos de tierra polvorientos rodean los pequeños poblados, no hay autobús de ruta ni tampoco ningún padre que pueda llevar a sus hijos en coche hasta el colegio. Antes, el camino a la escuela era tiempo desaprovechado para Nomakhewezi, pero ahora lo emplea para cargar su panel solar. Y por la noche, cuando hace sus deberes, ya no depende de la luz vacilante de las velas.

Thato Kgatlhanye está sentada por la tarde en un Kentucky Fried Chicken en la calle principal de Rustenburg ante un cuenco de pollo frito. «Mi almuerzo», dice entre risas. Le encanta lo que hace, pero supone un gran esfuerzo. Hace poco un periodista escribió sobre ella, decía que había logrado recorrer todo el camino hasta la cima. Kgatlhanye se ríe, cansada. «Es un viaje», comenta. Su sueño es que, algún día, los niños de todo el continente vayan a la escuela con mochilas de Rethaka. Todavía no ha alcanzado su meta.

Muchos niños de las zonas rurales caminan cada día largas distancias para ir a la escuela. Ahora recargan en el camino su mochila solar.

08/14/2017