Entrevista

Adam Grant: la originalidad vale la pena

Los grandes inventos no suelen surgir en las salas de conferencias. Pero, ¿por qué? En su libro «Originals: How non-conformists change the world», el psicólogo organizacional y autor de éxito Adam Grant explica cómo surgen las ideas insólitas y cómo influyen en nuestra cultura y nuestra economía. La originalidad, asegura, puede fomentarse. Una conversación sobre ideas y sobre la manera de convertirlas en innovaciones exitosas.

Entrevista
Lars Gaede
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Sr. Grant, ha escrito un ‘bestseller’ sobre cómo desarrollar buenas ideas. Evidentemente, esto es ya de por sí una buena idea. ¿Puede contarnos cómo llegó a ella?
Bueno, para ser sincero, el punto de partida fue una idea extraordinariamente mala… por mi parte. Uno de mis estudiantes me preguntó si quería invertir en una ‘startup’ que estaba proyectando con algunos compañeros. Estudié todo con calma y decliné amablemente la oferta, firmemente convencido de que no llegaría a nada. Fue, con diferencia, ¡la peor decisión empresarial de mi vida! ¡Una pesadilla! Desde entonces, mi mujer se encarga de nuestras finanzas.

¿En qué consistía la startup?
Querían vender gafas online. Me pareció que no tenía futuro. Si quieres vender unas gafas, tienes que medir los ojos del cliente. ¿Cómo vas a hacerlo online? A continuación hay que adaptar las gafas individualmente. Eso es caro. ¿Y qué pasa si al cliente no le gustan las gafas? Al fin y al cabo, ¡no se las ha probado previamente! La idea no me pareció realizable. Además, el equipo no parecía tomarse el asunto muy en serio.

¿No?
Desde el principio me dijeron que no era más que un «pequeño hobby». En lugar de dedicar todas las vacaciones de verano a su idea de startup, tres de los cuatro estudiantes prefirieron hacer unas prácticas. Y tardaron seis meses en encontrar un nombre para la empresa. La noche antes de lanzar el negocio, ni siquiera tenían una página web funcional. ¡Y era una tienda online! Siempre pensé que un emprendedor debía estar comprometido, enfocado, y abordar el negocio con una actitud de todo o nada. Dicho con franqueza: pensaba que aquellos estudiantes habían ganduleado. Y me dieron una lección muy dolorosa, pero también interesante.

Me lo imagino...
Sí, bueno… La empresa de mis estudiantes ―se llama Warby Parker― tuvo un éxito increíble. En 2015 fue elegida por Fast Company como la empresa más innovadora del mundo. Por delante de Google. Por delante de Facebook. Y su valor se estima actualmente en más de mil millones de dólares.

Oh.
Exacto. Créame, cuando dejas pasar una oportunidad de este tipo, te preguntas con insistencia: ¿en qué me equivoqué? ¿Qué puedo aprender de esto? Así es como surgió el libro. Quería averiguar cómo se pueden reconocer mejor las buenas ideas. Y cómo ciertas personas consiguen no solo tener buenas ideas, sino además llevarlas a cabo. Incluso si actúan como mis estudiantes. ¡O quizá precisamente por eso!

En su libro denomina a estas personas «originales» o «inconformistas». Afirma que son las que mueven el mundo. Entonces, ¿hay que salirse de los cauces para tener éxito?
Digámoslo así: puede ser muy útil. Actualmente la palabra clave es disrupción. Cuando estudias ideas disruptivas, enseguida te das cuenta de que suelen comenzar con un acto de inconformidad. Con alguien que dice que la manera en la que hemos solucionado hasta ahora el problema X o Y es un despropósito. Es decir, con alguien que pone en duda el statu quo, la opinión mayoritaria. Y que, a continuación, no solo postula un camino mejor, sino que lo recorre. A pesar de todos los obstáculos. Porque los inconformistas siempre tienen que luchar contra obstáculos.

¿Porque llaman la atención?
Los inconformistas son admirados, incluso idolatrados, en cuanto tienen éxito. ¡Fíjese en el ejemplo de Steve Jobs! Pero, créame, en 1970 nadie apreciaba a Steve Jobs. Mientras los inconformistas están desarrollando y probando sus ideas, suelen ser percibidos como personas irritantes, enervantes. Esto comienza ya en el colegio. Es triste, pero hay estudios que demuestran que, para los alumnos más creativos, la probabilidad de ser apreciado por el profesor es mínima. En el ámbito laboral, la gente también suele tener miedo de expresar ideas poco convencionales. Por un buen motivo. Las personas que toman la palabra con regularidad ―esto también está corroborado por estudios― suelen conseguir menos ascensos y, a menudo, están peor remuneradas. Así, los inconformistas que no se quedan callados pagan un alto precio. ¡Esto es algo que debemos cambiar a toda costa! Debemos fomentar las buenas ideas en lugar de reprimirlas. Y todos deberíamos atrevernos a pensar de manera un poco más inconformista. Porque en este mundo necesitamos más ideas buenas y originales, no menos.

¿Se puede aprender a ser una máquina de ideas inconformistas?
Bueno, ¡uno siempre puede estudiar los hábitos y estrategias de las personas especialmente buenas en desarrollar ideas!

¡Muy bien! ¿Por dónde empezamos?
A menudo, la originalidad no comienza con algo totalmente nuevo, sino con algo que uno ve en el mundo, algo que ya conoce, pero que, de pronto, se le aparece bajo una nueva luz. Es decir, lo contrario del déjà vu. Es lo que se denomina un vuja de. Por ejemplo, los taxis. ¿Cuántas veces en su vida estuvo Travis Kalanick esperando agobiado a un taxi, mientras veía pasar ante él un montón de coches con asientos vacíos? Cientos de veces. Pero llegó un momento en el que se preguntó: ¿por qué no puedo simplemente subirme a uno de ellos?

«Uno de mis estudiantes me preguntó si quería invertir en una ‘startup’ que estaba proyectando con algunos compañeros. Estudié todo con calma y decliné amablemente la oferta, firmemente convencido de que no llegaría a nada. Fue, con diferencia, ¡la peor decisión empresarial de mi vida!»

Y entonces fundó Uber.
¡Exacto! El asunto es que todos nosotros tenemos bastante a menudo estos momentos vuja de. Pero, al contrario que Travis, no nos atrevemos a hacer algo con ellos. Porque pensamos que no somos hombres de negocios. O que no sabemos escribir código. Que no lo vamos a lograr. Y esto es un gran error. ¡Normalmente tenemos demasiado miedo!

Entonces, ¿los inconformistas con éxito disfrutan asumiendo riesgos más que los demás?
No. Está claro que nos gusta pensar en ese cliché del emprendedor: superambicioso, extremadamente propenso al riesgo, totalmente seguro de su propia idea. A mí también me pasaba. Pero, cuanto más a fondo lo estudias, más evidente resulta que esta idea es una bobada. Los inconformistas con éxito tienen exactamente los mismos miedos y las mismas dudas que las demás personas. La diferencia es que, a pesar de ello, actúan.

¿Por qué?
Porque saben, o al menos intuyen, que se arrepentirán más si no lo intentan que si fracasan en el intento. Y, por cierto, en este sentido tienen mucha razón. Los psicólogos saben desde hace tiempo que las cosas que más se lamentan en la vida no son las acciones. Son las inacciones las que no nos dejan en paz. La sensación de «qué habría pasado, si…». Pero eso no significa que los originales con éxito disfruten asumiendo riesgos o lo hagan más a menudo. Más bien son buenos gestionando los riesgos.

¿En qué sentido?
Que los fundadores de Warby Parker continuaran con sus estudios a pesar de su idea de startup, hasta el punto de esforzarse por conseguir unas prácticas, fue una decisión muy acertada. Aunque, en aquel momento, yo lo veía de otra manera. Hoy en día sé que, según los estudios, las empresas cuyos fundadores conservaron durante un tiempo largo sus antiguos trabajos tienen un 33 % más de probabilidades de sobrevivir que aquellas en las que los fundadores se lanzaron muy pronto «con todo». Los inconformistas con éxito no se lanzan a un galope descontrolado. Actúan más bien como un inversor astuto en la bolsa. Obtienen seguridad por un lado, antes de permitirse un alto riesgo por otro lado. Eso es inteligente. Y hay otra cosa más que podemos aprender del ejemplo de Warby Parker.

¿El qué?
Me cuesta admitirlo. Pero, para desarrollar buenas ideas, puede ser muy positiva la procrastinación, es decir, el aplazamiento, la postergación y el ganduleo. Lo hemos demostrado en diversos experimentos. Un ejemplo: a un grupo le dimos una tarea creativa que debía resolver inmediatamente. Otro grupo recibía la misma tarea, pero, antes de resolverla, podía jugar unos minutos al Buscaminas en el ordenador. Las personas que jugaron al Buscaminas obtuvieron resultados notablemente mejores. ¡No me lo podía creer! Pero es que yo tiendo a lo contrario. No soy un procrastinador, sino al revés, soy un precrastinador crónico.

¿Precrastinador? ¿Acaso existe eso?
¡Sí! ¡De verdad! Yo siento exactamente la misma presión y el mismo pánico que la gente que deja todo para el último día…, pero medio año antes. En la universidad, si tenía que entregar un trabajo en marzo, en septiembre lo tenía ya muy avanzado. Mis compañeros siempre me decían: «¡¿Pero qué pasa contigo?!»

Entonces, ¿también terminó su libro mucho antes de la fecha de entrega?
¡No! En esta ocasión, no. Procrastiné a propósito para comprobar en persona los resultados de nuestra investigación. Cuando empecé a escribir el capítulo sobre los beneficios de la procrastinación, me obligué con todas mis fuerzas a interrumpir la redacción en mitad de una frase y, simplemente, dejarla así. ¡Fue espantoso! Sin embargo, cuando reanudé el trabajo unos meses más tarde tenía, efectivamente, un montón de ideas nuevas y muchos ejemplos buenos y novedosos que no se me habían ocurrido antes. Y que, de otra manera, ahora no estarían en el libro.

Pero seguro que eso no se aplica a los procrastinadores que esperan realmente hasta el último instante antes de comenzar con el trabajo, ¿no?
No, es cierto. En ese caso estarás simplemente en modo de supervivencia y, seguramente, no llegarás a las mejores ideas. El truco no es postergarlo todo hasta el último segundo. El truco es comenzar rápido y dejarlo lentamente. Así mantienes abierta la puerta de las nuevas ideas el mayor tiempo posible. Pero sin incurrir en el retraso. Esta es precisamente la razón por la que en Warby Parker dedicaron tanto tiempo a buscar un nombre. Pasaron mucho tiempo recopilando ideas y rechazándolas, hasta que encontraron la correcta.

Pero, ¿acaso es eso lo ideal? ¿No es mucho mejor tener pronto una buena idea que seguir ganduleando y, al final, escoger una de entre cientos de ellas?
¡En absoluto! La mejor manera de llegar a una idea original es generar la mayor variedad posible. Las primeras ideas son siempre aquellas con las que te sientes a gusto. Por eso aparecen las primeras. Para llegar realmente a algo original y poco convencional, hay que pasar previamente por todo lo convencional. Es entonces cuando se vuelve interesante. ¡La mayoría de las personas subestiman totalmente este proceso! Paran después de una hora de ‘brainstorming’ y se contentan con veinte ideas. No obstante, para llegar a los límites de la originalidad hacen falta unas doscientas ideas. ¡Hay que alcanzar ese punto! Se necesita tener el mayor montón de heno posible para encontrar buenas agujas. ¿Cuántas composiciones de Beethoven, diría usted, se consideran realmente grandes obras maestras?

Hum. Digamos, ¿una docena? ¿Veinte?
¡Pero escribió más de 500! Lo vemos también en las empresas: en Pixar rechazaron 500 guiones antes de escoger Cars como la película que querían hacer. Compañías como Fisher-Price o Mattel estudian cada año unos 4000 diseños antes de decidirse por los 12 modelos que finalmente van a fabricar.

Aparte de largas sesiones de lluvias de ideas, ¿cómo pueden las empresas fomentar las buenas ideas?
El mayor enemigo de la innovación y las buenas ideas en las empresas es el pensamiento grupal. Si tienes demasiadas personas, demasiado parecidas entre sí, trabajando demasiado tiempo en algo, puede volverse peligroso. Porque la diversidad de las ideas queda mermada. Por eso, en primer lugar yo prestaría atención ―simplificando mucho― a emplear personas lo más diversas posible. Estas personas deben tener la oportunidad de expresar en algún lugar sus ideas y sus opiniones, aunque no correspondan a la opinión mayoritaria. Puede utilizarse una simple caja. O un documento compartido en Google Docs.

¿El viejo buzón de sugerencias?
¡No del todo! También se pueden lanzar ideas que no sean sugerencias meditadas. Lo importante es que la Dirección de la compañía analice estas ideas y conceptos con regularidad y seriedad y, si resultan apropiadas y factibles, las convierta en hechos tangibles. Los concursos de innovación, en los que las ideas ganadoras resultan premiadas ―y se invierte realmente en ellas― pueden ser otra manera de mostrar que la empresa se toma en serio las nuevas ideas y las recompensa de verdad. Y, por último, es importante que los propios directivos se muestren abiertos a las nuevas ideas y que no reaccionen de manera cortante y hostil ante el pensamiento crítico. Eso no es fácil. Pero, créame, ¡es una buena idea!

Adam Grant, nacido en 1981, es profesor de Psicología Organizacional en la Wharton Business School. Asesora a organizaciones y empresas, todos sus libros acaban en la lista de éxitos del New York Times, y su última charla TED cuenta con casi cinco millones de visualizaciones. Actualmente está escribiendo un nuevo libro junto con la directiva de Facebook Sheryl Sandberg.

06/02/2017