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Internet de las cosas: los objetos aprenden a pensar

Durante mucho tiempo se consideró ciencia ficción, pero los nuevos sensores y la ubicuidad de internet están posibilitando la paulatina integración del internet de las cosas en nuestra vida cotidiana. Alexa de Amazon o Google Home reproducen las canciones solicitadas y conectan entre sí bombillas inteligentes, termostatos o incluso el propio vehículo. El mundo de los objetos se adapta cada vez con más flexibilidad a las necesidades de las personas.

Texto
Georg Gross
Ilustración
Yasmin Ertas-Ruzic

Las personas entablan contacto con Alexa ―el sistema de inteligencia artificial de la compañía de internet Amazon― a través de una voz femenina. Emerge de un altavoz con forma de columna y unos 25 centímetros de altura, denominado Amazon Echo, en cuanto se pronuncia su nombre y se le encarga alguna tarea. Por ejemplo: «Alexa, pon canciones de Oasis». A continuación, en la parte superior de Echo se ilumina un anillo de color como señal de que Alexa, siempre atenta en segundo plano, ha pasado ahora al modo activo. Para confirmarlo, anuncia: «Poniendo canciones de Oasis», y un instante después suenan las primeras notas de Wonderwall, que el cliente premium de Amazon puede escuchar gratuitamente a través del servicio de streaming musical de la compañía.

En Estados Unidos, Echo lleva tiempo en el mercado, mientras que Google Home se lanzó a finales de 2016. Ahora, tras una larga fase previa de solicitudes, Echo ya está disponible de forma gratuita en Alemania y Gran Bretaña. El principio de funcionamiento de ambos sistemas y de otros sistemas parecidos es el mismo: se encuentran en una fase de prueba continua y aprenden a través de los contactos con los usuarios. Cuantas más personas hablen con ellos, más conocimiento acumulan Alexa y compañía en la denominada cloud (la nube, una red de servidores que cubre todo el planeta). Esto significa que, por ahora, mientras los sistemas se encuentren en las primeras etapas de desarrollo, el usuario no va a obtener la respuesta perfecta a cada pregunta.

Los serviciales altavoces de Amazon y Google representan la entrada definitiva de la inteligencia artificial en casas y apartamentos y, con ella, el verdadero comienzo de una tecnología de la que llevamos hablando mucho tiempo: el internet de las cosas.

El reloj de fitness Fitbit Surge envía datos a una app del smartphone y proporciona una imagen precisa de las capacidades deportivas y el estado físico de su usuario.

Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, programó en su tiempo libre y para su propio hogar el sistema de voz inteligente Jarvis. Por desgracia, cuando fue presentado en público en un vídeo de Facebook poco antes de las navidades de 2016, Zuckerberg tuvo que pedirle cuatro veces a su sistema casero que apagara la luz. Sin embargo, estas dificultades iniciales pronto formarán parte del pasado. Cuanto más se utilicen los sistemas como Jarvis, mejor reaccionarán. Su desarrollo podría avanzar rápidamente, ya que hay algo seguro: los serviciales altavoces de Amazon y Google representan la entrada definitiva de la inteligencia artificial (IA) en casas y apartamentos y, con ella, el verdadero comienzo de una tecnología de la que llevamos hablando mucho tiempo, el internet de las cosas (en inglés «Internet of Things» o IoT), que permitirá conectar digitalmente y controlar cualquier función de los aparatos eléctricos a través de internet.

Los termostatos inteligentes reducen los gastos de calefacción

Con HomeKit, el sistema operativo de IoT de Apple para el hogar, todavía hay que utilizar la pantalla táctil del iPhone para, por ejemplo, activar Insteon Hub, una unidad de control para viviendas inteligentes con la forma de una caja blanca. En esta vivienda inteligente ―en la que podemos convertir nuestro hogar― se integrarán también las bombillas Hue de Philips, el termostato de Nest y la cerradura de la puerta de August. En cualquier caso, estos objetos no tienen que ser tan astutos como, por ejemplo, Alexa. Únicamente deben entender el mínimo necesario para cumplir su función: hacer que la vida del propietario resulte más sencilla, más cómoda y, finalmente, más económica. Observando sus costumbres o simplemente acatando sus órdenes directas, pueden reducir los gastos de electricidad y calefacción.

Las bombillas Hue pueden conectarse con Alexa y encenderse o apagarse mediante la voz. Sin embargo, esta es solamente una forma de utilizarlas. Philips suministra también simples sensores de movimiento. Los termostatos y cámaras de seguridad de Nest ya están integrados en lo que Amazon denomina habilidades de Alexa y que, en un smartphone, uno llamaría simplemente apps. Se trata de productos y objetos que forman parte del repertorio fijo de Alexa. BMW también ofrece a sus clientes las habilidades de Alexa a través del asistente personal de movilidad BMW Connected: como propietario de Echo, para manejar la app no hace falta sacar el teléfono del bolsillo o recurrir al reloj inteligente; uno puede estar sentado en la cocina y, mediante instrucciones de voz, ordenar a Alexa que bloquee el vehículo aparcado en la calle, consultar el nivel del depósito o enviar a su BMW el próximo destino de navegación.

Del fútbol a la ciudad inteligente

La inteligencia y la conexión de los objetos en el internet de las cosas están conquistando también el mundo del fútbol. La app miCoach de Adidas, en combinación con una pelota equipada con un chip, muestra por ejemplo el punto preciso en el que debe golpearse la bola para imprimirle la dirección deseada. El internet de las cosas ha llegado también al espacio urbano y al tráfico. Muchos avances son simplemente una ampliación de los mecanismos habituales en el día a día, como los sistemas de aparcamiento. Indicar el número de plazas libres en un parking mediante un letrero es algo que en Alemania se lleva haciendo desde hace décadas. Que en Barcelona, la metrópoli que se considera pionera en el ámbito de la ciudad inteligente, ahora se estén analizando digitalmente las plazas de aparcamiento ocupadas en las calles y se redirija a los conductores a los huecos libres, no es más que el refinamiento de una idea que lleva mucho tiempo en uso.

Con HomeKit, el sistema operativo de IoT de Apple para el hogar, todavía hay que utilizar la pantalla táctil del iPhone para, por ejemplo, activar Insteon Hub, una unidad de control para viviendas inteligentes.

En el futuro, Google Home permitirá al usuario adaptar su hogar perfectamente a sus necesidades y, de esta manera, ahorrar energía; por ejemplo, mediante las bombillas Hue de Philips.

En el futuro, Google Home permitirá al usuario adaptar su hogar perfectamente a sus necesidades y, de esta manera, ahorrar energía; por ejemplo, mediante las bombillas Hue de Philips.

Esta idea puede aplicarse hoy a nivel global gracias a que los sensores han mejorado enormemente y se han vuelto más económicos en los últimos años. Porque, sin los sensores integrados, los objetos seguirían siendo tontos y no generarían datos que poder reincorporar y procesar en las redes de información. A su vez, esto posibilita la aplicación de ideas totalmente nuevas, como que los cubos de basura de Barcelona indiquen de manera autónoma cuándo deben vaciarse.

Cada vez más objetos son ordenadores

El estadounidense Bruce Schneier, experto en seguridad de internet, miembro de Harvard y asesor de IBM, señala: «Ahora hay un ordenador en todos los objetos. Por eso me gustaría proponer otro punto de vista: un iPhone no es un teléfono, sino un ordenador con el que se pueden hacer llamadas telefónicas. Una nevera es un ordenador que mantiene frescos los alimentos. Un cajero automático es un ordenador que contiene dinero. Un automóvil no es un aparato mecánico con, entre otros elementos, un ordenador integrado, sino un ordenador con cuatro ruedas y un motor. Eso es el internet de las cosas».

Estas palabras de Schneier deben entenderse también como una advertencia, ya que las utilizó en su declaración como experto, a mediados de noviembre del año pasado, en una comparecencia ante la Cámara de Representantes de Estados Unidos sobre el tema de la seguridad del internet de las cosas. Aproximadamente tres semanas antes, el público estadounidense se había visto sorprendido por un ataque DDoS (Distributed Denial of Service o ataque de distribución de servicio) a gran escala que afectó al proveedor de servicios de internet Dyn y paralizó durante horas sitios web tan populares como los de Amazon, Twitter, Spotify y Netflix en las redes norteamericanas. Fue provocado por el secuestro masivo de dispositivos conectados al IoT en hogares normales: a través de la red y sin que nadie se diera cuenta, los hackers habían infectado un sinfín de cámaras de seguridad privadas e incluso monitores de bebé con un software dañino llamado Mirai, convirtiéndolos en lo que se conoce como una botnet, una red de robots informáticos que el día 21 de octubre de 2016 bombardeó al servidor de Dyn con tantas peticiones simultáneas que este tuvo que suspender sus servicios de manera transitoria a causa de la sobrecarga.

El problema es el siguiente: los objetos del internet de las cosas proporcionan, al igual que los ordenadores convencionales, un acceso a internet. Pero, en comparación con los ordenadores o los smartphones, los estándares de seguridad son más bajos. En consecuencia, se convierten en un factor de riesgo. La política ―no solo en Estados Unidos― tiene la responsabilidad de establecer nuevos estándares. En opinión de Ole Spaarmann, director de IT de la startup berlinesa Campus Factory, adquirir consciencia de estos riesgos es muy importante: «Prácticamente cada persona tiene un ordenador portátil, y podemos partir de la asunción de que son seguros. Todos sus componentes han sido revisados, y se ofrecen actualizaciones regulares para sus sistemas operativos. No obstante, algunos ordenadores incorporan cámaras web de 20 euros sin ninguna seguridad; estas se conectan a su red WLAN y, sin querer, ofrecen a potenciales agresores una puerta de acceso a un sistema de computación muy bien protegido».

Ante la revista online Fast Company, el director de Facebook Mark Zuckerberg admitió que blindar su red de IoT privada contra el acceso no deseado desde el exterior le llevó más tiempo que la pura programación de la inteligencia artificial Jarvis.

Los datos no pueden ser más personales

Por último, tanto en el internet de las cosas como en el internet convencional se plantea el mismo debate: la necesidad de proteger los numerosos datos que se generan durante su uso frente a las múltiples ventajas de la nueva tecnología. Por ejemplo, quien emplee hoy en día uno de los dispositivos del IoT más populares, un reloj de fitness como el Fitbit Surge, está creando a la vez un archivo digital con sus propias capacidades físicas. Los datos no pueden ser más personales. Y aunque los gustos musicales, que aparatos como Amazon Echo o Google Home van conociendo con el tiempo, puedan parecer menos íntimos que la frecuencia cardíaca, también forman parte del trato que firmamos con los fabricantes cuando nos convertimos en usuarios de dispositivos del IoT. Para que estos dispositivos mejoren y se vuelvan más inteligentes, debemos permitir que nos conozcan cada vez mejor. Y lo hacemos al cederles nuestros datos. Proteger estos datos es, en última instancia, responsabilidad de ambas partes, los fabricantes y los usuarios.

Si se consigue esta protección, las ventajas de la nueva tecnología superarán ampliamente los riesgos potenciales. En cualquier caso, Mark Zuckerberg parece contemplar su hogar inteligente con otros ojos ahora que lo ha dotado de una identidad y una voz propias en la forma de Jarvis: «Es muy agradable despertarse por la mañana y desearle los buenos días… o simplemente despertar y que la casa se despierte contigo».

La máquina de café Nespresso Prodigio puede controlarse con una app a través del smartphone.

03/31/2017